Largas eran las horas que pasaban y largo era el
tiempo que perdía a su vez. Había comido algo durante el camino y había bebido
agua cuando encontramos una pequeña fuente. El caballo de Anasterián también
parecía, así como el de Nasia ya casi estaba rendido del cansancio.
-Deberíamos parar.
-No. Ya casi hemos llegado.
-Anasterián, por favor. Los caballos están muy cansados y nosotros no hemos estirados las piernas en
todo este rato- Nasia detuvo el caballo y me hizo bajar cuando él ya estaba en
el suelo.
-Como quieras.
Se acercaron a la hierba y se sentaron. Anasterián parecía
estar intranquilo por alguna razón. Se levantó y empezó a trepar un árbol.
-Quiero asegurarme de una cosa, esperad aquí.
Era bueno escalando y se aseguraba de no pisar la rama
incorrecta. Aunque el árbol era alto, Anasterián ya había alcanzado más de la
mitad y para cuando y me hube dado cuenta, estaba en la punta. Luego bajó más
despacio para evitar caerse.
-Nos hemos vuelto a equivocar Nasia. Tenemos que volver por
donde hemos venido.
-¿De qué estás hablando? No tenemos apenas comida y aunque
podamos conseguir agua, el hambre nos jugará una mala pasada. No hay marcha
atrás… ¿Por qué? ¿Qué has visto?
-¿Recuerdas la última vez que pasamos por aquel puente
estrecho de Sirián y nos encontramos aquel viaje?
-¿Estamos en Sirián?
Él asisntió y Nasia cerró sus puños. Yo solo miraba.
-Pero a lo mejor se fue. Recuerda que lo descubrieron poco
después de que nos fuéramos.
-No debimos haber jugado con él… ¿Aún tienes las capas que utilizamos en Motriz?
-Solo una. La otra se me cayó mientras huíamos.
-Vale, dámela- Nasia se acercó al caballo y la sacó de una
bolsa. Luego se la lanzó a Anasterián y este me la puso- Dame el collar que llevas
puesto.
Le miré confusa. La cadena era tan fina que pensé que no la
habían visto.
-Hemos hecho mal en venir aquí así que dame la cadena.
-No- dije en voz baja- ¿Qué vas a hacer con ella?
-Guardarla. Si descubren quién eres la cosa se pondrá todavía
más fea.
Sin rechistar me la quité del cuello y se la puse en la
mano. Me dolía mucho no poder llevarla encima porque era un regalo que mis
padres me dieron dos semanas antes de lo que pasó. Desde entonces no me la he
quitado más que para bañarme.
-Por si nos separan: no digáis vuestros verdaderos nombres.
Más bien el tuyo- dijo mirándome- Si sigue ahí, a nosotros ya nos conoce
demasiado pero no a ti así que no te fíes de sus palabras ¿me oyes?
No dije nada.
-¿Me has entendido?
Asentí. No comprendía por qué estaban tan asustados.
-Una vez en el puente deberás ponerte la capucha y no dejes
ver tu rostro, por si acaso.
-Oye, tampoco lo pintes tan terrible. Igual ni está.
-Nasia, mejor cállate la boca. Estaremos en ese pueblo tan
poco como podamos y sobretodo no llaméis la atención.
Nasia se acercó a mí con un cuchillo.
-Dame tus manos.
Y me quitó la cuerda. Anasterián miró confundido.
-Por si nos encuentran, al menos que no parezca tan obvio.
¿Se refería al secuestro? De nuevo, no dije nada pero Nasia
hizo un gesto indicando que nos pusiéramos en marcha para no perder más tiempo.
Anasterián me dijo que subiera a su caballo y me recordó que
debía ponerme la capucha en cuanto estuviéramos en el puente. Luego sin decir
nada avanzaron por el camino y poco después nos encontramos con aquel famoso
puente del que no dejaban de hablar. Primero pasamos nosotros y a unos metros
de nosotros pasó Nasia. Parecía tan viejo que daba la sensación que se iba a
caer a pedazos y las cuerdas no parecían estar muy fuertes.
-Si temes a las alturas no mires abajo- susurró poniéndome
la capucha.
En realidad tenía que habérmela puesto yo pero tal y como
había dicho, las alturas me habían desconcentrado. Si nos cayésemos ahora,
sería nuestro fin. Sería mi fin y no regresaría a casa jamás. Minutos después
de atravesarlo, tres caballos se pusieron en frente y una voz venía desde
atrás.
-Vaya, vaya, vaya- Anasterián apretó la fuerza con la que
cogía las riendas- No esperaba veros aquí nunca más… ¿A qué se debe esta
sorpresa?-no obtuvo respuesta- Habéis pisado mis tierras, caballeros, y eso me
hecho sentir un poco mal.
-¿Tus tierras?- interrumpió Nasia cuyo caballo ya estaba
girado hacia el hombre.
-Así es. Todo ha cambiado mucho en tan poco
tiempo...-recordaba- De hecho, gracias a vosotros ahora custodio estas tierras,
cortesía del mismo rey.
Anasterián estaba muy tenso. Me susurró que no levantara la
cabeza.
-Anasterián, todavía no he visto de nuevo tu rostro y estás
muy callado.
Entonces él le dio la vuelta al caballo y dijo:
-Es por su sorpresa, no esperaba tales noticias así tan de
repente.
-Me alegro de que te gusten. Eres más educado qué tu
hermano, quién no ha mostrado mucho agrado al verme.
¡¿Hermanos?! Por eso esa relación tan poco distante. ¿Eran
realmente hermanos? ¡Cómo no podía haberme dado cuenta antes! Aunque si bien
era cierto, tampoco era muy importante de lo que debiera preocuparme. Levanté
un poquito la cabeza sin querer, tentada a ver la cara del otro hombre.
-Tú- se refirió a mí- baja del caballo.
Al tardar un poquito, Anasterián me movió disimuladamente
para que cumpliera sus órdenes por lo que bajé de él.
-A ti no te conozco. Muestra tu rostro.
Las palabras de Anasterián resonaban en mi cabeza en cuanto
a lo de cubrirme pero agobiada por las órdenes del hombre, miré discretamente a
Nasia, que estaba en frente. Asintió y me quité la capucha.
-¡Esto sí que es una sorpresa! ¡Habéis traido a una mujer!
Pero en malas condiciones por lo que veo –dijo levantándome un poco el vestido
y dando a conocer mis pies desnudos. Era cierto que no me habían devuelto los
zapatos pues aunque eran tan llamativos como el vestido, era una medida de
prevención para que no huyera. Nasia se mordió el labio- Vengan, jóvenes
viajeros, les invito a mi mansión.
Aquel hombre me hizo subir a su caballo y no parecía estar
muy contento con los que él parecía llamar amigos. Sus ropas estaban limpias,
bordadas y eran de calidad. Pude verificarlo de cerca en sus mangas, con
botones de hilo dorado. La combinación de colores era acertada: blanco, verdes
agua, y tonos dorados lo componían. Un
traje de noble y hombre de bien, disgustado con estos dos chicos.
Tomaron sus caballos y nos obligaron a permanecer en
silencio en una sala, de pie, mientras él colgaba su capa en un perchero de
ébano. Lo sabía porque mi tío tenía exactamente el mismo en la entrada. Nos
indicó el camino por los pasillos para llevarnos a las habitaciones.
-Hoy es un día de celebración. Mi entusiasmo al veros en
aquel puente me ha hecho alucinar. Por hoy les prestaré una habitación para
ustedes- los guardias los obligaron a entrar en aquel cuarto- pero usted,
querida, no tendrá que estar con esos indebidos. Venga por aquí que le ofreceré buenas ropas para
esta noche.
Miré preocupada a Anasterián y a Nasia quienes parecían estar
nerviosos. No tenía la menor idea de lo que había pasado entre ellos aquí en
Sirián pero este hombre parecía saber tratar a una dama. Me invitó a pasar a la
habitación de invitados y ordenó a una de las muchachas que me atendiera. Para
entonces ya aparentaba ser una noble.
-¿Y bien? Aquellos ominosos no le han ofrecido el buen trato
que necesita. ¿Está mejor?
Asentí. Llegué a imaginar que conocía mi estatus porque
ningún noble hablaba con pebellas. ¿Qué tan malo era este señor que me trataba
bien? Claro que si un plebello tenía problemas con un noble, este se la debía
tener jurada. Era lógico que le tuvieran miedo.
-Lamento tener que encerrarla hasta la cena pero continúa
siendo uno de ellos.
-Se equivoca –dije muy a mi pesar. Pero me callé la boca en
seguida.
-¿Me equivoco? No la entiendo.
Tragué saliva. Acababa de meter la pata hasta el fondo y al
ser tan mala mintiendo, procuré hacer saber una mínima parte de la verdad:
-Esos hombres me arrastraron desde lejanas tierras. Eso es
todo lo que puedo decirle, señor.
Vi que al girarse sonrió pero quizá podía ser mi vía de
escape.
-No se preocupe, ahora está a salvo. En cuanto solucione
unos problemas…
Y se fue antes de que me mirara al espejo. Estaba tan guapa,
tan limpia y bien peinada que añoraba no haber podido hacerlo antes. Giré sobre
sí misma al sentirme libre. A lo mejor sí que era verdad que este hombre me
ayudaría. Un noble. Un noble que debería saber quién era realmente, si supiera
mi procedencia, claro, dado que mi tío
era muy reconocido por su vino de Lión. A fin de cuentas es lo que le daba el
dinero: el éxito de su sabor. Esperé ansiosa la cena, pues esperaba comida de
calidad y aunque no me había alimentado muy bien estos días, sabía que tenía
que mantener la compostura.
El caballero vino a buscarme y me invitó a bajar por las
escaleras. Me susurró lo hermosa que lucía esta noche y parecía alegrarse de
tenerme como huésped. Cuando llegamos al comedor, ambos estaban al fondo
rodeados de cuatro guardias. No me hizo sentar junto a los dos chicos, me
ofreció asiento junto a él.
-¿Y bien? ¿Qué ha sido de ustedes? No parecen haber tenido
mucho éxito esta vez, los han cazado- sonrió. Aunque no tenía ni idea de lo que
hablaba sonrié al mismo tiempo. Anasterián estaba enfurecido.
-Ella no tiene nada que ver con lo pasado.
-Lo sé, lo sé. Pero parece no desear más ser arrastrada.
Sentí un cuchillazo en el alma. No pensé que iba a utilizar
dichas palabras contra ellos. Nasia me miró sin entender. El hombre me miró a
mí.
-Señorita, lamento no haberme presentado antes. Lo olvidé-
sonrió- Soy Hugo de La Fuente, nacido en estas tierras. ¿Podría conocer su
nombre? Sus buenas maneras me confunden.
Se había dado cuenta en la forma en que comía. Supuse que
eso era bueno. Me decidí, él era el agujero por el que podía escaparme.
-Anastasia de Lión, de las Viñas de Amada.
Dado que ellos no conocían mi nombre, no estaban muy seguros
de sí mentía o no. Igualmente, mostraron desacuerdo al haber mostrado mi
residencia.
-Las Viñas de Amada. Ya veo. Así que eres una de las hijas
de Don Luís Amada de Lión.
-Así es. No me extraña que me reconozca en lan lejanas
tierras. Su vino es muy reconocido.
-Sabe, señorita. De vez en cuando trabajo para ese buen
hombre.
Miré a Anasterián. Estaba enfadado, puede que aturdido.
-Sí, somos buenos amigos…
-Lo lamento, de La Fuente, no he oído hablar de usted. ¿A
qué se dedica?
-Atrapaba malechores. Como ahora. Pero actualmente trabajo
para el rey, por ello he recibido estas tierras.
-¡Mentira!- saltó Nasia. Anasterián le obligó a sentarse y
le susurró algo al oído.
Me sentí mal. Estaba hablando demasiado según decían las
expresiones de Nasia y Anasterián. Pero aún así, un noble no era un mal tan
grande como lo eran ellos.
- ¿Cuál es su cometido?
Hugo de La Fuente me miró inmediatamente.
-Pensé que ya lo sabía. Robaron la Copa de Leonor, en la
casa de un noble del este, para entregársela a un hombre muy buscado, de nombre
desconocido.
¿Ladrones?
-¿Cree que podría regresar a Lión? El señor Amada le
recompensará, por supuesto.
-Primero debo encargarme de estos pequeños delincuentes.
Después deberé asegurarme que su historia es auténtica, ya usted sabe -añadió.
Asentí.
-¿Qué os ha llevado a secuestrar a esta muchacha?
No contestaron.
-Les recuerdo que han caído en malas redes. Sus actos fueron
dolorosos.
-No tuvimos elección, así fue acordado- comentó Anasterián -¿O
no lo recuerda?
-No me metan en sus historias-suspiró- Señorita, regrese a
su habitación. Hablaremos más tarde de sus asuntos personales.
El gesto de su mano en una de las señoras que andaban cerca
llevó a que me acompañaran a mi habitación.
Hugo de La Fuente parecía tan agradable que me daba
seguridad. Aunque el empeño que tenían ellos en que me pusiera de contra hacía
que me preocupara. Decidí descansar y al
quitarme los zapatos vi lo estropeados que estaban mis pies.
Cerré los ojos.
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