CAPÍTULO VI

Largas eran las horas que pasaban y largo era el tiempo que perdía a su vez. Había comido algo durante el camino y había bebido agua cuando encontramos una pequeña fuente. El caballo de Anasterián también parecía, así como el de Nasia ya casi estaba rendido del cansancio.
-Deberíamos parar.
-No. Ya casi hemos llegado.
-Anasterián, por favor. Los caballos están muy cansados  y nosotros no hemos estirados las piernas en todo este rato- Nasia detuvo el caballo y me hizo bajar cuando él ya estaba en el suelo.
-Como quieras.
Se acercaron a la hierba y se sentaron. Anasterián parecía estar intranquilo por alguna razón. Se levantó y empezó a trepar un árbol.
-Quiero asegurarme de una cosa, esperad aquí.
Era bueno escalando y se aseguraba de no pisar la rama incorrecta. Aunque el árbol era alto, Anasterián ya había alcanzado más de la mitad y para cuando y me hube dado cuenta, estaba en la punta. Luego bajó más despacio para evitar caerse.
-Nos hemos vuelto a equivocar Nasia. Tenemos que volver por donde hemos venido.
-¿De qué estás hablando? No tenemos apenas comida y aunque podamos conseguir agua, el hambre nos jugará una mala pasada. No hay marcha atrás… ¿Por qué? ¿Qué has visto?
-¿Recuerdas la última vez que pasamos por aquel puente estrecho de Sirián y nos encontramos aquel viaje?
-¿Estamos en Sirián?  
Él asisntió y Nasia cerró sus puños. Yo solo miraba.
-Pero a lo mejor se fue. Recuerda que lo descubrieron poco después de que nos fuéramos.
-No debimos haber jugado con él… ¿Aún tienes las  capas que utilizamos en Motriz?
-Solo una. La otra se me cayó mientras huíamos.
-Vale, dámela- Nasia se acercó al caballo y la sacó de una bolsa. Luego se la lanzó a Anasterián y este me la puso- Dame el collar que llevas puesto.
Le miré confusa. La cadena era tan fina que pensé que no la habían visto.
-Hemos hecho mal en venir aquí así que dame la cadena.
-No- dije en voz baja- ¿Qué vas a hacer con ella?
-Guardarla. Si descubren quién eres la cosa se pondrá todavía más fea. 
Sin rechistar me la quité del cuello y se la puse en la mano. Me dolía mucho no poder llevarla encima porque era un regalo que mis padres me dieron dos semanas antes de lo que pasó. Desde entonces no me la he quitado más que para bañarme.
-Por si nos separan: no digáis vuestros verdaderos nombres. Más bien el tuyo- dijo mirándome- Si sigue ahí, a nosotros ya nos conoce demasiado pero no a ti así que no te fíes de sus palabras ¿me oyes?
No dije nada.
-¿Me has entendido?
Asentí. No comprendía por qué estaban tan asustados.
-Una vez en el puente deberás ponerte la capucha y no dejes ver tu rostro, por si acaso.
-Oye, tampoco lo pintes tan terrible. Igual ni está.
-Nasia, mejor cállate la boca. Estaremos en ese pueblo tan poco como podamos y sobretodo no llaméis la atención.
Nasia se acercó a mí con un cuchillo.
-Dame tus manos.
Y me quitó la cuerda. Anasterián miró confundido.
-Por si nos encuentran, al menos que no parezca tan obvio.
¿Se refería al secuestro? De nuevo, no dije nada pero Nasia hizo un gesto indicando que nos pusiéramos en marcha para no perder más tiempo.
Anasterián me dijo que subiera a su caballo y me recordó que debía ponerme la capucha en cuanto estuviéramos en el puente. Luego sin decir nada avanzaron por el camino y poco después nos encontramos con aquel famoso puente del que no dejaban de hablar. Primero pasamos nosotros y a unos metros de nosotros pasó Nasia. Parecía tan viejo que daba la sensación que se iba a caer a pedazos y las cuerdas no parecían estar muy fuertes.
-Si temes a las alturas no mires abajo- susurró poniéndome la capucha.
En realidad tenía que habérmela puesto yo pero tal y como había dicho, las alturas me habían desconcentrado. Si nos cayésemos ahora, sería nuestro fin. Sería mi fin y no regresaría a casa jamás. Minutos después de atravesarlo, tres caballos se pusieron en frente y una voz venía desde atrás.
-Vaya, vaya, vaya- Anasterián apretó la fuerza con la que cogía las riendas- No esperaba veros aquí nunca más… ¿A qué se debe esta sorpresa?-no obtuvo respuesta- Habéis pisado mis tierras, caballeros, y eso me hecho sentir un poco mal.
-¿Tus tierras?- interrumpió Nasia cuyo caballo ya estaba girado hacia el hombre.
-Así es. Todo ha cambiado mucho en tan poco tiempo...-recordaba- De hecho, gracias a vosotros ahora custodio estas tierras, cortesía del mismo rey.
Anasterián estaba muy tenso. Me susurró que no levantara la cabeza. 
-Anasterián, todavía no he visto de nuevo tu rostro y estás muy callado.
Entonces él le dio la vuelta al caballo y dijo:
-Es por su sorpresa, no esperaba tales noticias así tan de repente.
-Me alegro de que te gusten. Eres más educado qué tu hermano, quién no ha mostrado mucho agrado al verme.
¡¿Hermanos?! Por eso esa relación tan poco distante. ¿Eran realmente hermanos? ¡Cómo no podía haberme dado cuenta antes! Aunque si bien era cierto, tampoco era muy importante de lo que debiera preocuparme. Levanté un poquito la cabeza sin querer, tentada a ver la cara del otro hombre.
-Tú- se refirió a mí- baja del caballo.
Al tardar un poquito, Anasterián me movió disimuladamente para que cumpliera sus órdenes por lo que bajé de él.
-A ti no te conozco. Muestra tu rostro.
Las palabras de Anasterián resonaban en mi cabeza en cuanto a lo de cubrirme pero agobiada por las órdenes del hombre, miré discretamente a Nasia, que estaba en frente. Asintió y me quité la capucha.
-¡Esto sí que es una sorpresa! ¡Habéis traido a una mujer! Pero en malas condiciones por lo que veo –dijo levantándome un poco el vestido y dando a conocer mis pies desnudos. Era cierto que no me habían devuelto los zapatos pues aunque eran tan llamativos como el vestido, era una medida de prevención para que no huyera. Nasia se mordió el labio- Vengan, jóvenes viajeros, les invito a mi mansión.
Aquel hombre me hizo subir a su caballo y no parecía estar muy contento con los que él parecía llamar amigos. Sus ropas estaban limpias, bordadas y eran de calidad. Pude verificarlo de cerca en sus mangas, con botones de hilo dorado. La combinación de colores era acertada: blanco, verdes agua, y tonos dorados lo componían.  Un traje de noble y hombre de bien, disgustado con estos dos chicos.
Tomaron sus caballos y nos obligaron a permanecer en silencio en una sala, de pie, mientras él colgaba su capa en un perchero de ébano. Lo sabía porque mi tío tenía exactamente el mismo en la entrada. Nos indicó el camino por los pasillos para llevarnos a las habitaciones.
-Hoy es un día de celebración. Mi entusiasmo al veros en aquel puente me ha hecho alucinar. Por hoy les prestaré una habitación para ustedes- los guardias los obligaron a entrar en aquel cuarto- pero usted, querida, no tendrá que estar con esos indebidos. Venga  por aquí que le ofreceré buenas ropas para esta noche.
Miré preocupada a Anasterián y a Nasia quienes parecían estar nerviosos. No tenía la menor idea de lo que había pasado entre ellos aquí en Sirián pero este hombre parecía saber tratar a una dama. Me invitó a pasar a la habitación de invitados y ordenó a una de las muchachas que me atendiera. Para entonces ya aparentaba ser una noble.
-¿Y bien? Aquellos ominosos no le han ofrecido el buen trato que necesita. ¿Está mejor?
Asentí. Llegué a imaginar que conocía mi estatus porque ningún noble hablaba con pebellas. ¿Qué tan malo era este señor que me trataba bien? Claro que si un plebello tenía problemas con un noble, este se la debía tener jurada. Era lógico que le tuvieran miedo.
-Lamento tener que encerrarla hasta la cena pero continúa siendo uno de ellos.
-Se equivoca –dije muy a mi pesar. Pero me callé la boca en seguida.
-¿Me equivoco? No la entiendo.
Tragué saliva. Acababa de meter la pata hasta el fondo y al ser tan mala mintiendo, procuré hacer saber una mínima parte de la verdad:
-Esos hombres me arrastraron desde lejanas tierras. Eso es todo lo que puedo decirle, señor.
Vi que al girarse sonrió pero quizá podía ser mi vía de escape.
-No se preocupe, ahora está a salvo. En cuanto solucione unos problemas…
Y se fue antes de que me mirara al espejo. Estaba tan guapa, tan limpia y bien peinada que añoraba no haber podido hacerlo antes. Giré sobre sí misma al sentirme libre. A lo mejor sí que era verdad que este hombre me ayudaría. Un noble. Un noble que debería saber quién era realmente, si supiera mi procedencia, claro,  dado que mi tío era muy reconocido por su vino de Lión. A fin de cuentas es lo que le daba el dinero: el éxito de su sabor. Esperé ansiosa la cena, pues esperaba comida de calidad y aunque no me había alimentado muy bien estos días, sabía que tenía que mantener la compostura.   
El caballero vino a buscarme y me invitó a bajar por las escaleras. Me susurró lo hermosa que lucía esta noche y parecía alegrarse de tenerme como huésped. Cuando llegamos al comedor, ambos estaban al fondo rodeados de cuatro guardias. No me hizo sentar junto a los dos chicos, me ofreció asiento junto a él.
-¿Y bien? ¿Qué ha sido de ustedes? No parecen haber tenido mucho éxito esta vez, los han cazado- sonrió. Aunque no tenía ni idea de lo que hablaba sonrié al mismo tiempo. Anasterián estaba enfurecido.
-Ella no tiene nada que ver con lo pasado.
-Lo sé, lo sé. Pero parece no desear más ser arrastrada.
Sentí un cuchillazo en el alma. No pensé que iba a utilizar dichas palabras contra ellos. Nasia me miró sin entender. El hombre me miró a mí.
-Señorita, lamento no haberme presentado antes. Lo olvidé- sonrió- Soy Hugo de La Fuente, nacido en estas tierras. ¿Podría conocer su nombre? Sus  buenas maneras me confunden.
Se había dado cuenta en la forma en que comía. Supuse que eso era bueno. Me decidí, él era el agujero por el que podía escaparme.
-Anastasia de Lión, de las Viñas de Amada.
Dado que ellos no conocían mi nombre, no estaban muy seguros de sí mentía o no. Igualmente, mostraron desacuerdo al haber mostrado mi residencia.
-Las Viñas de Amada. Ya veo. Así que eres una de las hijas de Don Luís Amada de Lión.
-Así es. No me extraña que me reconozca en lan lejanas tierras. Su vino es muy reconocido.
-Sabe, señorita. De vez en cuando trabajo para ese buen hombre.
Miré a Anasterián. Estaba enfadado, puede que aturdido.
-Sí, somos buenos amigos…
-Lo lamento, de La Fuente, no he oído hablar de usted. ¿A qué se dedica?
-Atrapaba malechores. Como ahora. Pero actualmente trabajo para el rey, por ello he recibido estas tierras.
-¡Mentira!- saltó Nasia. Anasterián le obligó a sentarse y le susurró algo al oído.
Me sentí mal. Estaba hablando demasiado según decían las expresiones de Nasia y Anasterián. Pero aún así, un noble no era un mal tan grande como lo eran ellos.
- ¿Cuál es su cometido?  
Hugo de La Fuente me miró inmediatamente.
-Pensé que ya lo sabía. Robaron la Copa de Leonor, en la casa de un noble del este, para entregársela a un hombre muy buscado, de nombre desconocido.
¿Ladrones?
-¿Cree que podría regresar a Lión? El señor Amada le recompensará, por supuesto.
-Primero debo encargarme de estos pequeños delincuentes. Después deberé asegurarme que su historia es auténtica, ya usted sabe -añadió.
Asentí.  
-¿Qué os ha llevado a secuestrar a esta muchacha?
No contestaron.
-Les recuerdo que han caído en malas redes. Sus actos fueron dolorosos.
-No tuvimos elección, así fue acordado- comentó Anasterián -¿O no lo recuerda?
-No me metan en sus historias-suspiró- Señorita, regrese a su habitación. Hablaremos más tarde de sus asuntos personales.
El gesto de su mano en una de las señoras que andaban cerca llevó a que me acompañaran a mi habitación.
Hugo de La Fuente parecía tan agradable que me daba seguridad. Aunque el empeño que tenían ellos en que me pusiera de contra hacía que me preocupara.  Decidí descansar y al quitarme los zapatos vi lo estropeados que estaban mis pies.
Cerré los ojos.

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