Nasia miró al cielo.
-¿Te dio tiempo a llenar las cantimploras?
Anasterián asintió enseñándoselas y después, cuando ya los
dos estaban sentados, se pusieron a hablar en
voz baja. Yo estaba de pie, al lado de los caballos, y esperé a ver qué es
lo que tenían pensado hacer.
-Comamos- dijo Anasterián dando un salto desde el suelo. Se
acercó a donde yo estaba y me apartó para poder coger una bolsa de piel que
colgaba de la silla. Me sentí feliz al
poder comer algo pero dado que ya no nos quedaban monedas sospeché la
procedencia de aquellas frutas.
Cuando él y Nasia ya estaban servidos me ofreció una a mí
que entusiasmada la acepté. El gusto a manzana me sabía tan bien que apenas
duró y pronto volví a tener hambre. Entonces Nasia me lanzó la bolsa, con la
comida dentro, para que escogiera. Anasterián le miró pero los ignoré y tomé de
nuevo una manzana. Tenía tantísima hambre que me di la vuelta para poder
comérmela más rápido y con menos educación. Jamás quería volver a pasar hambre…
Cuando ya me había comido cuatro empecé a encontrarme mal y
mareada. Me puse la mano en el estómago y deseé que no fueran por las manzanas.
Entonces ambos se dieron cuenta y se levantaron del suelo. Apoyé el brazo en el
árbol para no caerme y Anasterián me aconsejó que me sentara. No fue por própia
voluntad haber seguido su consejo ya que me caí sin darme cuenta.
Todo me daba vueltas... Oí que decían algo pero no les
presté atención y entonces sentí que me elevaban del suelo. Estaba corriendo y
era Anasterián el que me llevaba, tenía más fuerza.
Poco después me dejaron en el suelo y me acercaron a un
riachuelo que había. Tomó el pañuelo que Nasia le había dado, lo empapó en el
agua y me lo puso en toda la cara. Estaba frío pero me hacía sentir mejor. No
me quité los brazos del estómago hasta un rato, antes de vomitara.
Nasia se apartó a tiempo pero tanto Anasterián como yo
quedamos pringados de vómito. El olor del potingue me hizo hecharlo todo de
nuevo pero esta vez en menor cantidad. Me levanté de él y me mojé la boca con el agua del riachuelo.
Me había quedado un gusto ácido y asqueroso que olía mal incluso, porque eso
era: vómito. Entonces, Anasterián tuvo que apartarse para evitar que el no
vomitara tampoco, al menos esa sensación me dio, y Nasia se ocupó de mí durante
ese rato.
-¿Estás mejor? No tenemos para pagar a un médico y estamos
muy lejos de tu casa…
Aparté su mano de mi hombro. No necesitaba su lástima. Yo
era noble, ellos no.
Al cabo de un rato, Nasia, que se había fiado de dejarme
unos minutos sola para asegurarse de que su compañero estaba bien, salí
corriendo con el mareo encima. Seguí el riachuelo hacia abajo casi corriendo y
no paré hasta que llegué a una mini cascada. Llevaba muy poco tiempo corriendo
y ya estaba agotada. El no haber hecho deporte durante mucho tiempo quizá me
estaba saliendo caro ahora. ¿Pero para
qué había corrido si Anasterián ya me había alcanzado a galope? Se bajó
rapidísimo del caballo y corrió hacia el estrecho río, cerca de donde ya había
estado. Era rápido, muy veloz, por ese motivo ya casi me tenía en sus manos.
Pero desgraciadamente y debido a la torpeza de mi ser, tropecé, haciéndome una
pequeña herida en la rodilla.
-¡Idiota! ¿No te encontrabas mal? ¡Te dan un poco de
confianza y mira lo que haces! Nasia no debería ser tan bondadoso contigo,
simplemente eres una estúpida noble más. ¡Levántate! – y por sus gritos no
reaccioné a su demanda- ¡Levántate he dicho!
Lo hice y me hice daño en la rodilla al desdoblarla. Estaba
muchísimo más asustada que antes por sus gritos. Y realmente estaba enfadado, y
no poco si no mucho. Muchísimo. Me agarró fuertemente del brazo y me subió al
caballo sin cuidado. Luego se subió él y cabalgó hasta dónde estábamos.
-Nos estás causando demasiados problemas.
Estaba entre sollozos, delante del jinete al que tanto
temía, y sin poder decir nada. Me estaba mandando una indirecta
puntiaguda. Y no dijo nada más hasta que
llegamos. Me bajó del caballo, me ató
las manos hacia atrás y me obligó a sentarme.
-No pienso curarte eso. No pienso gastar las medicinas en ti
hasta que no te comportes como una buena chica.
No me había dado cuenta de que no llevaba camiseta. Se la
había quitado para lavarse y no le había dado tiempo a limpiarla para ponérsela
de nuevo. No le miré por miedo a que me llamara la atención, si no que miré
hacia el suelo. Dos minutos después, Anasterián se acercó a mí con un pañuelo
largo. Le miré sin entender nada pero no tardé en darme cuenta. Me cubrió los
ojos con ella y dejé de ver la luz del sol. ¿Tanto les había molestado? Mi
intención era escaparme, y lo hubiera conseguido de no haber sido por esos estúpidos
caballos. Me ató los tobillos en cuanto hubo terminado.
Una vez con los ojos cubiertos no sabía qué hacer. Ahora no
los podía ver, no podía ver que salidas me quedaban, no podía saber por dónde
Nasia iba a pillarme desprevenida. No podía ver absolutamente nada.
Entonces, dado que nadie podía ver mis ojos, me puse a
llorar. No podía evitarlo. Todo era muy confuso, injusto e inseguro. Y no había
ninguna esperanza de poder volver a Lión.
Cuando dejé de escucharlo al no oir el crujido de las hojas
al romperse en suelo, supe que se había
ido aunque no muy lejos. Me acurruqué como pude y no hice ruido.
-Está donde debería estar- oí al fondo. El trote del caballo se acercaba.
No me dijo nada. Me ignoró y se puso a hablar con
Anasterián.
-¿Qué deberíamos hacer con ella?
-No podemos llevarla a Lión.
-¿Y si la dejamos a su suerte?
-No. Ya has visto que no es pícara. Cualquier bandido la
haría sufrir y la culpa es nuestra por habérnosla llevado.
-He oído que hay venta de esclavos. Pero no creo que…
Ambos se callaron para mirarme, lo intuí.
-En cualquier caso…- se acercó a mí- ¿No deberíamos
explicarle un poco de que va todo?
Anasterián se acercó y me quitó el vendaje. Mis ojos estaban
rojos y ellos no se extrañaron al verlos. Nasia por su parte me quitó las cuerdas:
primero la de los pies y después la de las manos. Yo me levanté rápidamente y
me escondí detrás del mismo árbol.
Quería estar sola.
-Si te vas te perderás, serás violada o vendida como esclava.
Puede que mueras de hambre o de sed y- tomó aire- esto no es como jugar a las
casitas de muñecas, ya te lo dije antes.
-Sí -suspiró- Tenemos mucha más experiencia que tú y sabemos
lo que suele pasar. Pero tú misma si te quieres largar y tentar a la suerte,
aunque no creo que vayas a encontrar mucha. Sabemos que eres lista, así que no
comentas errores que te puedan costar la vida. Nos perjudicarías bastante.
La seriedad de sus palabras era tan directa que asombraba.
Lo decían muy claro y sin inseguridad. Así que decidí no salir de detrás del
árbol por el momento.
-Si no limpias el vestido ahora que puedes, nadie lo va
hacer por ti- añadió Nasia secamente. Pero no lo hice. No sabía cómo hacerlo,
el agua estaba helada y no quería
rebajarme a ese nivel. Ellos no entendían qué era ser una noble. Me quedé ahí
todo el tiempo hasta que me ordenaron salir cuando íbamos a ponernos en marcha.
Mientras el caballo caminaba yo me dediqué a reflexionar.
Tenían razón a lo intentar escaparme, sería peor si me iba. Pero también sería
un elección equivocada la de quedarme junto a ellos. No podía dejar de darle vueltas y vueltas al
tema y empezaba a estar un poco harta de tanto lío. Entonces Anasterián me
dijo:
-¿No piensas decirnos cómo te llamas?
Ignoré la pregunta. No tenía ganas de hablar y tampoco de
escucharlos. Y como parecieron respetarme, ninguno de los dos insitió. Yo no dejé
de mirar la silla del caballo lo que duró el trayecto pero cuando levanté la
cabeza para hechar una ojeada pude ver un pequeño lago entre los árboles, al
fondo, junto a las montañas.
Al final, no me explicaron de qué iba todo esto…
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Agradezco tu opinión y espero que te haya gustado!