CAPÍTULO V

Nasia miró al cielo.
-¿Te dio tiempo a llenar las cantimploras?
Anasterián asintió enseñándoselas y después, cuando ya los dos estaban sentados, se pusieron a hablar en  voz baja. Yo estaba de pie, al lado de los caballos, y esperé a ver qué es lo que tenían pensado hacer. 
-Comamos- dijo Anasterián dando un salto desde el suelo. Se acercó a donde yo estaba y me apartó para poder coger una bolsa de piel que colgaba de la silla.  Me sentí feliz al poder comer algo pero dado que ya no nos quedaban monedas sospeché la procedencia de aquellas frutas.
Cuando él y Nasia ya estaban servidos me ofreció una a mí que entusiasmada la acepté. El gusto a manzana me sabía tan bien que apenas duró y pronto volví a tener hambre. Entonces Nasia me lanzó la bolsa, con la comida dentro, para que escogiera. Anasterián le miró pero los ignoré y tomé de nuevo una manzana. Tenía tantísima hambre que me di la vuelta para poder comérmela más rápido y con menos educación. Jamás quería volver a pasar hambre…
Cuando ya me había comido cuatro empecé a encontrarme mal y mareada. Me puse la mano en el estómago y deseé que no fueran por las manzanas. Entonces ambos se dieron cuenta y se levantaron del suelo. Apoyé el brazo en el árbol para no caerme y Anasterián me aconsejó que me sentara. No fue por própia voluntad haber seguido su consejo ya que me caí sin darme cuenta.
Todo me daba vueltas... Oí que decían algo pero no les presté atención y entonces sentí que me elevaban del suelo. Estaba corriendo y era Anasterián el que me llevaba, tenía más fuerza.
Poco después me dejaron en el suelo y me acercaron a un riachuelo que había. Tomó el pañuelo que Nasia le había dado, lo empapó en el agua y me lo puso en toda la cara. Estaba frío pero me hacía sentir mejor. No me quité los brazos del estómago hasta un rato, antes de vomitara.
Nasia se apartó a tiempo pero tanto Anasterián como yo quedamos pringados de vómito. El olor del potingue me hizo hecharlo todo de nuevo pero esta vez en menor cantidad. Me levanté de él  y me mojé la boca con el agua del riachuelo. Me había quedado un gusto ácido y asqueroso que olía mal incluso, porque eso era: vómito. Entonces, Anasterián tuvo que apartarse para evitar que el no vomitara tampoco, al menos esa sensación me dio, y Nasia se ocupó de mí durante ese rato.
-¿Estás mejor? No tenemos para pagar a un médico y estamos muy lejos de tu casa…
Aparté su mano de mi hombro. No necesitaba su lástima. Yo era noble, ellos no.
Al cabo de un rato, Nasia, que se había fiado de dejarme unos minutos sola para asegurarse de que su compañero estaba bien, salí corriendo con el mareo encima. Seguí el riachuelo hacia abajo casi corriendo y no paré hasta que llegué a una mini cascada. Llevaba muy poco tiempo corriendo y ya estaba agotada. El no haber hecho deporte durante mucho tiempo quizá me estaba saliendo caro ahora.  ¿Pero para qué había corrido si Anasterián ya me había alcanzado a galope? Se bajó rapidísimo del caballo y corrió hacia el estrecho río, cerca de donde ya había estado. Era rápido, muy veloz, por ese motivo ya casi me tenía en sus manos. Pero desgraciadamente y debido a la torpeza de mi ser, tropecé, haciéndome una pequeña herida en la rodilla.
-¡Idiota! ¿No te encontrabas mal? ¡Te dan un poco de confianza y mira lo que haces! Nasia no debería ser tan bondadoso contigo, simplemente eres una estúpida noble más. ¡Levántate! – y por sus gritos no reaccioné a su demanda- ¡Levántate he dicho!
Lo hice y me hice daño en la rodilla al desdoblarla. Estaba muchísimo más asustada que antes por sus gritos. Y realmente estaba enfadado, y no poco si no mucho. Muchísimo. Me agarró fuertemente del brazo y me subió al caballo sin cuidado. Luego se subió él y cabalgó hasta dónde estábamos.
-Nos estás causando demasiados problemas.
Estaba entre sollozos, delante del jinete al que tanto temía, y sin poder decir nada. Me estaba mandando una indirecta puntiaguda.  Y no dijo nada más hasta que llegamos. Me bajó del caballo,  me ató las manos hacia atrás y me obligó a sentarme.
-No pienso curarte eso. No pienso gastar las medicinas en ti hasta que no te comportes como una buena chica.
No me había dado cuenta de que no llevaba camiseta. Se la había quitado para lavarse y no le había dado tiempo a limpiarla para ponérsela de nuevo. No le miré por miedo a que me llamara la atención, si no que miré hacia el suelo. Dos minutos después, Anasterián se acercó a mí con un pañuelo largo. Le miré sin entender nada pero no tardé en darme cuenta. Me cubrió los ojos con ella y dejé de ver la luz del sol. ¿Tanto les había molestado? Mi intención era escaparme, y lo hubiera conseguido de no haber sido por esos estúpidos caballos. Me ató los tobillos en cuanto hubo terminado.
Una vez con los ojos cubiertos no sabía qué hacer. Ahora no los podía ver, no podía ver que salidas me quedaban, no podía saber por dónde Nasia iba a pillarme desprevenida. No podía ver absolutamente nada.
Entonces, dado que nadie podía ver mis ojos, me puse a llorar. No podía evitarlo. Todo era muy confuso, injusto e inseguro. Y no había ninguna esperanza de poder volver a Lión.
Cuando dejé de escucharlo al no oir el crujido de las hojas al romperse en suelo,  supe que se había ido aunque no muy lejos. Me acurruqué como pude y no hice ruido.
-Está donde debería estar- oí al fondo.  El trote del caballo se acercaba.
No me dijo nada. Me ignoró y se puso a hablar con Anasterián.
-¿Qué deberíamos hacer con ella?
-No podemos llevarla a Lión.
-¿Y si la dejamos a su suerte?
-No. Ya has visto que no es pícara. Cualquier bandido la haría sufrir y la culpa es nuestra por habérnosla llevado.
-He oído que hay venta de esclavos. Pero no creo que…
Ambos se callaron para mirarme, lo intuí.
-En cualquier caso…- se acercó a mí- ¿No deberíamos explicarle un poco de que va todo?
Anasterián se acercó y me quitó el vendaje. Mis ojos estaban rojos y ellos no se extrañaron al verlos. Nasia por su parte me quitó las cuerdas: primero la de los pies y después la de las manos. Yo me levanté rápidamente y me escondí detrás del mismo árbol.
Quería estar sola.
-Si te vas te perderás, serás violada o vendida como esclava. Puede que mueras de hambre o de sed y- tomó aire- esto no es como jugar a las casitas de muñecas, ya te lo dije antes.
-Sí -suspiró- Tenemos mucha más experiencia que tú y sabemos lo que suele pasar. Pero tú misma si te quieres largar y tentar a la suerte, aunque no creo que vayas a encontrar mucha. Sabemos que eres lista, así que no comentas errores que te puedan costar la vida. Nos perjudicarías bastante.   
La seriedad de sus palabras era tan directa que asombraba. Lo decían muy claro y sin inseguridad. Así que decidí no salir de detrás del árbol por el momento.  
-Si no limpias el vestido ahora que puedes, nadie lo va hacer por ti- añadió Nasia secamente. Pero no lo hice. No sabía cómo hacerlo, el agua estaba helada  y no quería rebajarme a ese nivel. Ellos no entendían qué era ser una noble. Me quedé ahí todo el tiempo hasta que me ordenaron salir cuando íbamos a ponernos en marcha.
Mientras el caballo caminaba yo me dediqué a reflexionar. Tenían razón a lo intentar escaparme, sería peor si me iba. Pero también sería un elección equivocada la de quedarme junto a ellos.  No podía dejar de darle vueltas y vueltas al tema y empezaba a estar un poco harta de tanto lío. Entonces Anasterián me dijo:
-¿No piensas decirnos cómo te llamas?
Ignoré la pregunta. No tenía ganas de hablar y tampoco de escucharlos. Y como parecieron respetarme, ninguno de los dos insitió. Yo no dejé de mirar la silla del caballo lo que duró el trayecto pero cuando levanté la cabeza para hechar una ojeada pude ver un pequeño lago entre los árboles, al fondo, junto a las montañas.   
Al final, no me explicaron de qué iba todo esto…

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