CAPÍTULO IV

Al final conseguí dormirme, acurrucada en uno de los árboles. No me desperté tal y como había planeado anoche, quizá el agotamiento contínuo lo evitó. El caso era que Nasia ya me estaba despertando cuando abrí los ojos.

-Nos vamos, señorita.

Siempre añadían esas pequeñas comillas, como si se burlaran de mi nobleza. Entonces me levanté y me volvió a atar la cuerda.  Esta fue la segunda noche de casa y no iba a ser la última.
Hoy era un día espléndido y no estaba tan nublado como el de ayer. Pero aún así el viento era fresquito y, aunque me mandaron subir al caballo de Nasia, me pareció bien pues me daba calor y, como mi vestido no tenía mangas, me calentaba.
Fue un viaje aburrido. Ellos hablaban de vez en cuando de cosas que yo no entendía, asustos con no sé que persona y problemas con ciertos individuos. Dejé de escucharlos cuando ya estaba completamente perdida en la conversación.
Pero entonces, mi estómago empezó a hacer ruidos extraños, reclamando alimento. Además, yo ya me había dado cuenta de que estaba sedienta pero era tan estúpida que no pedía la cantimplora. Entonces, Anasterián se acercó al caballo de Nasia y tomó la cantimplora que llevaba colgada. Esperó a que lo mirara a los ojos para dármela.
Tenía tantísima sed que la vacié sin darme cuenta y pensé que se iban a enfadar porque ahora teníamos menos agua para los tres. Nunca en la vida había pasado tantísima sed y aunque el estómago necesitaba llenarse, no llevaban comida encima.
-Nasia, yo también tengo hambre. ¿No conoces algún pueblo por aquí cerca? 
El negó con la cabeza así que inmediatamente supe que no íbamos a comer todavía. Estaban cansados del largo viaje y algo me decía que aún faltaba por llegar, quizá fueron sus expresiones.
-Necesito ir al baño.
-Sí, como la otra vez.
Sí, como la otra falsa vez. Lo llevaba claro si creía que me iban a creer, aunque esta vez fuera cierta. Al cabo de tres minutos repetí:
-Necesito ir al baño…
-Mira, como sea mentira, no beberás agua en tres días- dijo Anasterián desde su caballo.
No era mentira. ¡Qué más me daba su amenaza! Bajamos los dos del caballo y Nasia me agarró del brazo por si se me ocurría de nuevo correr. Anasterián se bajo y cogió la cuerda larga del caballo de Nasia y me las ató. Ambas cuerdas en las dos muñecas, pero esta vez separadas. Hizo un nudo muy raro que parecía difícil de deshacer y después me dio permiso. Al menos respetaban mi intimidad.
-Y no tardes- y murumuró- o no llegaremos nunca.
Me adentré entre los árboles tan lejos como me permitía la cuerda y luego me levanté el vestido como pude. ¡Y pensar que no había nada para limpiarme! Luego regresé donde estaban ellos, siguiendo la cuerda.
Volvimos a subir a los caballos y emprendimos la marcha una vez más. Estaba muy aburrida y preocupada por mis tíos. Debían estar pasándolo peor que yo...
El caballo caminaba a paso normal, recto y sin saber cuando iba a tener que parar. Ellos los montaban con un rumbo fijo que yo desconocía. Y así pasaron dos días más sin descanso, tan solo para dormir y otras pequeñas cosas. Por el camino robaron a un aldeano que llevaba algunas cositas y este tuvo que marcharse enfadado. Yo acepté la poca comida que me ofrecieron pues estaba muerta de hambre.
Ya habían sido cuatro los días y noches que pasaba fuera y, al quinto, llegamos a un pueblo. Para entonces yo iba subida en el caballo de anasterián pero tuvo que pararlo al llegar para comprobar cuantas monedas llevaban encima. Preguntaron por una posada y una mujer muy agradable que no dejaba de tener un estatus social inferior al mío, nos condujo a la más cercana que estaba al doblar la esquina.
-Dormiremos aquí si hay sitio.
Asentí aunque por dentro me estaba pudriendo. Aquel sitio no tenía lo que mi casa tenía, eran casas pobres. Recapacité al pensar si era mejor dormir en el suelo. Observé a la gente que entraba y salía del local y me di cuenta que sí que era cierto que llamaba la atención con mi vestido. Nada más llamaba levantaba sus miradas dado que ya me habían  advertido que ningún movimiento en falso, al quitarme la cuerda. Sangre fría pensé.
-Podría darnos la habitación de arriba, por favor.
El anciano les dijo que sí pero que vigilaran con los huéspedes vecinos, llevaban aquí dos días y ya habían armado cierto escándalo. Ellos no se hecharon atrás. El buen hombre casi hecho añicos tomó los caballos y los encerró en el establo. Ellos por su parte no parecían estar muy confiados de dejarlos allí.
Subimos a la planta de arriba por unas escaleras que rugían y tan estrechas que casi me caigo al tropezar con el vestido. Suerte que Nasia estaba detrás de mí. Entonces Anasterían nos adelantó a ambos y abrió la puerta con la llave que se le había dado. Entramos.
Aquello no tenía ninguna pinta de habitación. Estaba limpia pero aquello era la cama más barata que había visto nunca. Eso sí, los suficientemente ancha para tres personas, aunque a mi no me hacía mucha gracia tener que compartirla.
-Se nos olvidó comentarle que aquí no existen camas individuales, Anasterián-dijo referiéndose a mí. Él se rió.
Cuando subieron el poco equipaje que habían dejado en el caballo pregunté:
-¿Y la bañera?
Se rieron en tono de burla.
-Aquí nadie se ducha, señorita. El agua cuesta dinero y los manantiales y los ríos no están cerca, mademoiselle- añadió en un tono francés.
¿Y cómo me iba yo a lavar? Entonces Nasia salió un momento y volvió a entrar. Cerró con llave.
-Ya se que pueblo es éste. ¿No estamos en el reino de Motriz?
-Sí, es posible- luego miró por la ventana- Entonces hemos tomado la dirección errónea…
-¿Por qué no vamos a otro sitio? Lo más seguro es que nos metamos en problemas si nos quedamos aquí.
-Ya hemos pagado la habitación, nos tendremos que quedar por esta noche Nasia. Además vale dinero y  seríamos sospechosos si nos largáramos ahora.
-¿Y qué hay de los caballos?
-Ese hombre parecía tenerlo todo a  buen recaudo.
-Sí pero que tiene casi setenta años eh.
-¿Y qué quieres que haga yo?
Entonces recordaron que yo también estaba en la habitación, y que los estaba escuchando. Lo cierto es que si ellos parecían estar tan inseguros, cómo debía estar yo. Me respondía a mi misma con un sentimiento de inquietud cuando oí un fuerte golpe en la pared.
-Esos deben ser nuestros vecinos- sonrió.
Todavía no entendía por qué sonreían en situaciones tensas. Y no solo lo hacía Nasia, si no también Anasterián.
-Bueno pues esta noche es la nuestra-dijo. Acababan de pactar algo.
Se  quedó allí el tema sin saber a qué se referían puesto que no era nadie para entrometerme. Como ya había dicho antes: solo era un pasatiempo.  
Cuando llegó la noche, dijeron que volverían más tarde. Dijeron que tenían que divertirse como hombres que eran y sentí cierta repulsión hacia ellos. Me encerraron en la habitación con llave y me ordenaron que me acostara. Y así hice pero no dormí mucho ya que a las tantas de la madrugada uno de ellos entró muy nervioso.
-Hey, despierta- dijo recogiendo las cosas- Rápido.
Pero estaba aún en mi sueño y solo le oía de fondo. Entonces empezó a moverme.
-Que te despiertes, vamos- dijo antes de lanzarme unas ropas- ¡Póntelo, rápido!
Todo lo que decía, lo decía a gritos entre susurros y me puso tan nerviosa que no tuve tiempo ni a rechistar. Cerró la puerta cuando ya había salido y volvió a entrar para añadir:
-Cuando suba espero que lo lleves puesto, tienes dos minutos. Date prisa o irás desnuda.
Y bajó con las cosas los más rápido y sigiloso que pudo. Tal y como me ordenó me puse aquello y cuando ya me lo había colocado bien, éste entró por la puerta y cogió el vestido que llevaba antes y que había puesto sobre la cama. Luego me agarró de la mano arrastrándome hacia abajo por las escaleras tan rápido como yo le permitía pues no quería caerme. Entonces Anasterián, que estaba lleno de polvo, me subió a su caballo. Nasia me dio el vestido para que lo sujetara y luego ambos se subieron al mismo tiempo e hicieron trotar a los caballos.
-Vayamos por el sur, no creo que nos sigan por ahí.
-No, no. Aunque sea temprano siempre hay gente por ahí. Vamos por el este y así continuamos por la ruta.
Hablaban muy rápido y el trote del caballo hacía que me chocara constantemente con Anasterián. La verdad es que estaba mucho más nerviosa que ellos.
-¡Gira! – Y ambos giraron- Estaba la casa por ahí, mejor que nos alejemos.  
Y un hombre salió gritando al vernos. No pude entender qué decía porque estaba lejos pero nunca había visto una persona más enfurecida que mi tío hasta el día de hoy.
Entonces se escuchó un disparo y al tiempo yo me cubrí las orejas del susto.
-¡Qué pasa! –dije asustada.
- Por ahí- señaló Nasia- ¡corre!
Me ignoraron. Parecían estar solo pendientes de si alguien les seguía por detrás. Vi que Nasia ya había enfundado el arma y que Anasterian tenía cerca el cuchillo. No lo cogió, quizá para no herirme si el caballo les fallaba. Y en menos que canta un gallo ya estabamos fuera del laberinto de callejuelas al galope de los caballos que corrían muy rápido.
-Ya estamos casi- dijo mientras trataba de hacer correr más al caballo. Yo no podía mirar atrás ni podía intuir qué pasaba porque tenía a Anasterián justo detrás y me impedía poder darme la vuelta con libertad.
Aquel pueblo pareció ser grande pues tardamos un ratito en salir. Eso ó eran calles entrecruzadas que no dejaban salir a los extranjeros como nosotros con facilidad.
-Por poco- rieron aliviados a carcajadas.
Detuvieron los caballos y se bajaron.

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