Al final conseguí dormirme, acurrucada en uno de
los árboles. No me desperté tal y como había planeado anoche, quizá el
agotamiento contínuo lo evitó. El caso era que Nasia ya me estaba despertando
cuando abrí los ojos.
-Nos vamos, señorita.
-Nos vamos, señorita.
Siempre añadían esas pequeñas comillas, como si se burlaran
de mi nobleza. Entonces me levanté y me volvió a atar la cuerda. Esta fue la segunda noche de casa y no iba a
ser la última.
Hoy era un día espléndido y no estaba tan nublado como el de
ayer. Pero aún así el viento era fresquito y, aunque me mandaron subir al
caballo de Nasia, me pareció bien pues me daba calor y, como mi vestido no
tenía mangas, me calentaba.
Fue un viaje aburrido. Ellos hablaban de vez en cuando de
cosas que yo no entendía, asustos con no sé que persona y problemas con ciertos
individuos. Dejé de escucharlos cuando ya estaba completamente perdida en la
conversación.
Pero entonces, mi estómago empezó a hacer ruidos extraños,
reclamando alimento. Además, yo ya me había dado cuenta de que estaba sedienta
pero era tan estúpida que no pedía la cantimplora. Entonces, Anasterián se
acercó al caballo de Nasia y tomó la cantimplora que llevaba colgada. Esperó a
que lo mirara a los ojos para dármela.
Tenía tantísima sed que la vacié sin darme cuenta y pensé
que se iban a enfadar porque ahora teníamos menos agua para los tres. Nunca en
la vida había pasado tantísima sed y aunque el estómago necesitaba llenarse, no
llevaban comida encima.
-Nasia, yo también tengo hambre. ¿No conoces algún pueblo
por aquí cerca?
El negó con la cabeza así que inmediatamente supe que no
íbamos a comer todavía. Estaban cansados del largo viaje y algo me decía que
aún faltaba por llegar, quizá fueron sus expresiones.
-Necesito ir al baño.
-Sí, como la otra vez.
Sí, como la otra falsa vez. Lo llevaba claro si creía que me
iban a creer, aunque esta vez fuera cierta. Al cabo de tres minutos repetí:
-Necesito ir al baño…
-Mira, como sea mentira, no beberás agua en tres días- dijo
Anasterián desde su caballo.
No era mentira. ¡Qué más me daba su amenaza! Bajamos los dos
del caballo y Nasia me agarró del brazo por si se me ocurría de nuevo correr.
Anasterián se bajo y cogió la cuerda larga del caballo de Nasia y me las ató.
Ambas cuerdas en las dos muñecas, pero esta vez separadas. Hizo un nudo muy
raro que parecía difícil de deshacer y después me dio permiso. Al menos
respetaban mi intimidad.
-Y no tardes- y murumuró- o no llegaremos nunca.
Me adentré entre los árboles tan lejos como me permitía la
cuerda y luego me levanté el vestido como pude. ¡Y pensar que no había nada
para limpiarme! Luego regresé donde estaban ellos, siguiendo la cuerda.
Volvimos a subir a los caballos y emprendimos la marcha una
vez más. Estaba muy aburrida y preocupada por mis tíos. Debían estar pasándolo
peor que yo...
El caballo caminaba a paso normal, recto y sin saber cuando
iba a tener que parar. Ellos los montaban con un rumbo fijo que yo desconocía.
Y así pasaron dos días más sin descanso, tan solo para dormir y otras pequeñas
cosas. Por el camino robaron a un aldeano que llevaba algunas cositas y este
tuvo que marcharse enfadado. Yo acepté la poca comida que me ofrecieron pues
estaba muerta de hambre.
Ya habían sido cuatro los días y noches que pasaba fuera y,
al quinto, llegamos a un pueblo. Para entonces yo iba subida en el caballo de
anasterián pero tuvo que pararlo al llegar para comprobar cuantas monedas
llevaban encima. Preguntaron por una posada y una mujer muy agradable que no
dejaba de tener un estatus social inferior al mío, nos condujo a la más cercana
que estaba al doblar la esquina.
-Dormiremos aquí si hay sitio.
Asentí aunque por dentro me estaba pudriendo. Aquel sitio no
tenía lo que mi casa tenía, eran casas pobres. Recapacité al pensar si era
mejor dormir en el suelo. Observé a la gente que entraba y salía del local y me
di cuenta que sí que era cierto que llamaba la atención con mi vestido. Nada
más llamaba levantaba sus miradas dado que ya me habían advertido que ningún movimiento en falso, al
quitarme la cuerda. Sangre fría
pensé.
-Podría darnos la habitación de arriba, por favor.
El anciano les dijo que sí pero que vigilaran con los
huéspedes vecinos, llevaban aquí dos días y ya habían armado cierto escándalo.
Ellos no se hecharon atrás. El buen hombre casi hecho añicos tomó los caballos
y los encerró en el establo. Ellos por su parte no parecían estar muy confiados
de dejarlos allí.
Subimos a la planta de arriba por unas escaleras que rugían
y tan estrechas que casi me caigo al tropezar con el vestido. Suerte que Nasia
estaba detrás de mí. Entonces Anasterían nos adelantó a ambos y abrió la puerta
con la llave que se le había dado. Entramos.
Aquello no tenía ninguna pinta de habitación. Estaba limpia
pero aquello era la cama más barata que había visto nunca. Eso sí, los
suficientemente ancha para tres personas, aunque a mi no me hacía mucha gracia
tener que compartirla.
-Se nos olvidó comentarle que aquí no existen camas
individuales, Anasterián-dijo referiéndose a mí. Él se rió.
Cuando subieron el poco equipaje que habían dejado en el
caballo pregunté:
-¿Y la bañera?
Se rieron en tono de burla.
-Aquí nadie se ducha, señorita. El agua cuesta dinero y los
manantiales y los ríos no están cerca, mademoiselle-
añadió en un tono francés.
¿Y cómo me iba yo a lavar? Entonces Nasia salió un momento y
volvió a entrar. Cerró con llave.
-Ya se que pueblo es éste. ¿No estamos en el reino de
Motriz?
-Sí, es posible- luego miró por la ventana- Entonces hemos
tomado la dirección errónea…
-¿Por qué no vamos a otro sitio? Lo más seguro es que nos
metamos en problemas si nos quedamos aquí.
-Ya hemos pagado la habitación, nos tendremos que quedar por
esta noche Nasia. Además vale dinero y seríamos sospechosos si nos largáramos ahora.
-¿Y qué hay de los caballos?
-Ese hombre parecía tenerlo todo a buen recaudo.
-Sí pero que tiene casi setenta años eh.
-¿Y qué quieres que haga yo?
Entonces recordaron que yo también estaba en la habitación,
y que los estaba escuchando. Lo cierto es que si ellos parecían estar tan
inseguros, cómo debía estar yo. Me respondía a mi misma con un sentimiento de
inquietud cuando oí un fuerte golpe en la pared.
-Esos deben ser nuestros vecinos- sonrió.
Todavía no entendía por qué sonreían en situaciones tensas.
Y no solo lo hacía Nasia, si no también Anasterián.
-Bueno pues esta noche es la nuestra-dijo. Acababan de
pactar algo.
Se quedó allí el tema
sin saber a qué se referían puesto que no era nadie para entrometerme. Como ya
había dicho antes: solo era un pasatiempo.
Cuando llegó la noche, dijeron que volverían más tarde.
Dijeron que tenían que divertirse como hombres que eran y sentí cierta
repulsión hacia ellos. Me encerraron en la habitación con llave y me ordenaron
que me acostara. Y así hice pero no dormí mucho ya que a las tantas de la
madrugada uno de ellos entró muy nervioso.
-Hey, despierta- dijo recogiendo las cosas- Rápido.
Pero estaba aún en mi sueño y solo le oía de fondo. Entonces
empezó a moverme.
-Que te despiertes, vamos- dijo antes de lanzarme unas
ropas- ¡Póntelo, rápido!
Todo lo que decía, lo decía a gritos entre susurros y me
puso tan nerviosa que no tuve tiempo ni a rechistar. Cerró la puerta cuando ya
había salido y volvió a entrar para añadir:
-Cuando suba espero que lo lleves puesto, tienes dos
minutos. Date prisa o irás desnuda.
Y bajó con las cosas los más rápido y sigiloso que pudo. Tal
y como me ordenó me puse aquello y cuando ya me lo había colocado bien, éste
entró por la puerta y cogió el vestido que llevaba antes y que había puesto
sobre la cama. Luego me agarró de la mano arrastrándome hacia abajo por las
escaleras tan rápido como yo le permitía pues no quería caerme. Entonces
Anasterián, que estaba lleno de polvo, me subió a su caballo. Nasia me dio el
vestido para que lo sujetara y luego ambos se subieron al mismo tiempo e
hicieron trotar a los caballos.
-Vayamos por el sur, no creo que nos sigan por ahí.
-No, no. Aunque sea temprano siempre hay gente por ahí.
Vamos por el este y así continuamos por la ruta.
Hablaban muy rápido y el trote del caballo hacía que me
chocara constantemente con Anasterián. La verdad es que estaba mucho más
nerviosa que ellos.
-¡Gira! – Y ambos giraron- Estaba la casa por ahí, mejor que
nos alejemos.
Y un hombre salió gritando al vernos. No pude entender qué
decía porque estaba lejos pero nunca había visto una persona más enfurecida que
mi tío hasta el día de hoy.
Entonces se escuchó un disparo y al tiempo yo me cubrí las
orejas del susto.
-¡Qué pasa! –dije asustada.
- Por ahí- señaló Nasia- ¡corre!
Me ignoraron. Parecían estar solo pendientes de si alguien
les seguía por detrás. Vi que Nasia ya había enfundado el arma y que Anasterian
tenía cerca el cuchillo. No lo cogió, quizá para no herirme si el caballo les
fallaba. Y en menos que canta un gallo ya estabamos fuera del laberinto de
callejuelas al galope de los caballos que corrían muy rápido.
-Ya estamos casi- dijo mientras trataba de hacer correr más
al caballo. Yo no podía mirar atrás ni podía intuir qué pasaba porque tenía a
Anasterián justo detrás y me impedía poder darme la vuelta con libertad.
Aquel pueblo pareció ser grande pues tardamos un ratito en
salir. Eso ó eran calles entrecruzadas que no dejaban salir a los extranjeros
como nosotros con facilidad.
-Por poco- rieron aliviados a carcajadas.
Detuvieron los caballos y se bajaron.
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