Abrí los ojos despacio. Demasiada luz para un
sueño tan profundo. Estaba mareada pero podía recordar lo sucedido y a pesar de estar aterrada, sería mala idea si
me levantaba rápidamente en mi estado durmiente. Esperé un poquito.
El castaño le sonrió. No podía decir nada porque las palabras no me salían. Estaban enredadas en la garganta y algo no las dejaba avanzar. Dada la espera, tragué saliva. No esperaban en serio que pidiera perdón ¿verdad? Entonces el de cabello negro me cogió en brazos del suelo y me llevó a dónde estaba antes añadiendo que él estaba seguro de que yo solita no podría hacerlo.
Entonces, el más alto tomó un tronco y lo movió cerca de mí. Se sentó y dijo:
-No importa. Déjala. Aún no se da cuenta de la situación en la que se encuentra- miró a los caballos- Vámonos de aquí. Me aburre este sitio.
Empezaron a recoger unas cuantas cosas que habían dejado en el suelo y las cargaron al caballo. Después y antes de subirse al caballo, el del cabello negro, menos alto, bebió de la cantimplora. Cuando ya se hubo asentado en la silla, animó a su campañero a darse prisa.
Entonces, le ajustó la silla al su caballo y me soltó la cuerda de los pies. Después, con el mismo cuchillo me liberó las muñecas durante medio minuto. Me dio la oportunidad de moverlas un poquito y luego las ató de nuevo, esta vez hacia delante. Acto seguido me hizo subir al caballo y sin esfuerzo se subió él.
-Solo hay dos caballos- añadió.
Entonces tomaron la marcha entre los árboles y traté de calmarme. Ahora sería buena la oportunidad de golpearle para tirarlo al suelo y así tomar las riendas. Las buenas famílias siempre toman la equitación como un deporte importante así que sabía montar perfectamente. Por otro lado, si salía mal, probablemente nada bueno me esperaría. Me lo dejó muy claro antes. Y aunque estaba inquieta por no saber qué hacer, no miré a otro lado más que al cuello del animal. Tampoco me sentía cómoda al estar rodeada por tal individuo y no tenía nada que decir puesto que solo eran desconocidos. Pero entre ellos no se cortaron. Relataban pequeñas anécdotas para pasar el rato y reían a carcajadas mientras yo, en lo único que podía pensar, era en lo que me esperaba con este par y por si fuera poco, tenía la garganta seca.
-No sé si hicimos bien en llevárnosla.
-No te preocupes, no va pasar nada. Además, si la hubieramos
dejado allí se hubiera chibado nada más irnos y podrían identificarnos si daba
bien nuestra descripción.
-Sí…También es cierto. Pero no dejo de estar preocupado.
-¿Qué nos puede caer? ¿La horca?
-Lo dices como si no fuera nada.
-Y no lo es. Mira, los momentos intensos son cuando te ponen la cuerda. El resto ni lo
sientes porque la palmas al instante.
Se callaron cuando tosí. No pude hacer nada para evitarlo
pues realmente tuve ganas de ello. Los sentí muy cerca y realmente silenciosos.
-No eres tonta eh.
Y me movieron para despertarme aún más cuando vieron que me
asusté al oir su voz tan de repente. Me habían descubierto.
-No has tosido en toda la noche y de golpe toses ahora. A mi
solo me pasa cuando estoy despierto ¿lo sabías?
Abrí los ojos y me asusté al verlo tan cerca. Aparté la cara
y cuando quise moverme me di cuenta de que no iba a poder hacerlo. Ellos
tampoco eran tontos: me habían atado.
Bien, pues no se me ocurrió otra cosa que esperar a ver qué
pasaría ahora. Si mal no me pareció se miraron entre ellos antes de que se
alejaran del cachito de hierba en el que me hallaba estirada. Si no había razón
por la de mi secuestro eso solo significaba que a partir de ahora iba a ser un
pasatiempo y que cuando se cansaran de mí me tirarían a la papelera, por así
decirlo. Así pues decidí en ese mismo instante que buena era cualquier
oportunidad para tratar de escaparse. Así que cuando mi vista ya no los
alcanzaba, levanté la espalda del suelo y miré a mis alrededores. Había un par de caballos lo suficiente lejos
de mí para que no pudieran darme una coz y había una hoguera ya usada. Me miré
entera para asegurarme de que no me había pasado nada grave de lo que no me
hubiera dado cuenta y al hacerlo vi todas mis ropas manchadas de tierra. Y
aunque no podía verme las manos, sabía que la cuerda me estaba haciendo daño y
que no podría quitarmela a no ser que alguien me ayudara. En cambio, los pies
que antes llevaban tacones, estaban sin ellos y los tobillos atados. En
resumen, correr no parecía una buena opción.
Respiré profundamente y volví a echar una ojeada: seguían
sin estar aquí. Entonces cansada de
estar mal colocada sobre el suelo me volví a estirar. ¿Qué iba hacer ahora?
Aunque no lo pareciera era la persona que más asustada estaba de toda Lión pero
algo me decía que no sería bueno si lo
mostraba, ni siquiera cuando no me vieran. Entonces vi aquella pistola al fondo y tuve
tentaciones de cogerla. Pero me sentí patética al pensar que podría hacer un
buen uso de ella teniendo las manos inmovilizadas. Quizá por esa razón no
temían que me escapara.
Entonces se me ocurrió una brillante idea: ¿Por qué no
escapar a rastras?
Miré de nuevo y empecé a moverme de espaldas en dirección
contraria a la que se fueron pero dado el esfuerzo que requería pensé que
esconderme en unos matorrales sería lo ideal pues ya había intentado moverme
con las rodillas pero había demasiadas piedrecitas. La verdad sincera era que
al haber hecho este segundo intento caí de pleno a un montón de tierra húmeda y
restos quedaron en mi rostro. Entonces,
al no encontrar escapatoría empecé a llorar como una niña pequeña. Lo hice en
silencio, al menos el escondite tenía que mantenerse por un ratito. No podía de
acumular más miedo, la espera se me hacía larga. Estaba acobardada e impotente
porque todos mis inútiles esfuerzos eso eran: inútiles. Estaba sucia,
despeinada y sola. Nada peor existía en el mundo salvo lo de mis padres.
Entonces los oí entre risas. Bueno, eso hicieron hasta que
se dieron cuenta de que no me podían ver. Entonces escuché como aceleraron el
paso.
-¿Dónde está?
-Y yo qué se tio. No hemos tardado tanto.
-Sigue atada- afirmó secamente.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque no hay cuerdas. Y además no tenía un cuchillo a
mano. El arma sigue ahí y los dos caballos siguen en su sitio. No creo que sea
tan ingénua de haber salido corriendo si ha logrado soltarse. Tiene que estar
por aquí.
Entonces pude imaginarme que uno de ellos hizo el gesto con
la mano indicando silencio.
Y de nuevo fui estúpida. Estaba tan atemorizada que no me di
cuenta la cantidad de aire que me faltaba. Mi respiración debió alarmarles o al
menos fue la pista que los condujo hacia mí. Lo supe en cuanto una hoja crujió
justo al otro lado del arbusto. Apreté las manos rezando para que no me pasara
nada y cerré los ojos intentando eliminar restos de lágrimas de hacía medio
minuto.
No eran idiotas.
Las ramas de los arbustos rozaron entre sí cuando se acercó.
-No sé cómo te has metido ahí pero más te vale que salgas
ahora.
No lo hice. No iba a obedecerle. No, me negaba. Pero fue su
rostro desagradable el que me obligó, y no apareció mi yo valiente que tanto
insitía.
Me rasgué con algunas ramas al salir pero no fue nada grave.
Yo tampoco sabía cómo me había metido ahí.
Encontré difícil salir así que el me agarró y me arrastró un poquito. Ya
estaba fuera y en la misma situación de antes.
Por alguna razón no me atrevía a mirarle a la cara. Me
trasmitía temor hacia él y más aún desde el suelo. Era como un mensaje de
alarma. No podía levantarme, ya lo había intentado antes y no me parecía bien
que tuviera que sentirme tan…humillada.
Él por su parte no estaba enfadado, en absoluto, pero había algo en él en ese
momento que me inquietaba. Sentí escalofríos. La máscara de niña valiente
desapareció cuando el otro muchacho se puso a su lado.
-¿Y bien? ¿No nos debes unas disculpas?- dijo este último.El castaño le sonrió. No podía decir nada porque las palabras no me salían. Estaban enredadas en la garganta y algo no las dejaba avanzar. Dada la espera, tragué saliva. No esperaban en serio que pidiera perdón ¿verdad? Entonces el de cabello negro me cogió en brazos del suelo y me llevó a dónde estaba antes añadiendo que él estaba seguro de que yo solita no podría hacerlo.
Entonces, el más alto tomó un tronco y lo movió cerca de mí. Se sentó y dijo:
-Mire, señorita. No sé si debimos tomarla de aquel lugar o
no pero lo hecho hecho está y si no hace nada arriesgado como lo que acaba de
hacer no le pasará nada. Lo entiende ¿verdad?
Lo miré. Sus palabras eran puras, o al menos había
conseguido que sonaran así y su mirada serena, como cuando abrí los ojos y me
lo encontré de frente.
-Hey, ya que te vas a tener que quedar con nosotros, ¿por
qué no dices nada? Todavía no conocermos tu voz…
Hubo silencio.-No importa. Déjala. Aún no se da cuenta de la situación en la que se encuentra- miró a los caballos- Vámonos de aquí. Me aburre este sitio.
Empezaron a recoger unas cuantas cosas que habían dejado en el suelo y las cargaron al caballo. Después y antes de subirse al caballo, el del cabello negro, menos alto, bebió de la cantimplora. Cuando ya se hubo asentado en la silla, animó a su campañero a darse prisa.
Entonces, le ajustó la silla al su caballo y me soltó la cuerda de los pies. Después, con el mismo cuchillo me liberó las muñecas durante medio minuto. Me dio la oportunidad de moverlas un poquito y luego las ató de nuevo, esta vez hacia delante. Acto seguido me hizo subir al caballo y sin esfuerzo se subió él.
-Solo hay dos caballos- añadió.
Entonces tomaron la marcha entre los árboles y traté de calmarme. Ahora sería buena la oportunidad de golpearle para tirarlo al suelo y así tomar las riendas. Las buenas famílias siempre toman la equitación como un deporte importante así que sabía montar perfectamente. Por otro lado, si salía mal, probablemente nada bueno me esperaría. Me lo dejó muy claro antes. Y aunque estaba inquieta por no saber qué hacer, no miré a otro lado más que al cuello del animal. Tampoco me sentía cómoda al estar rodeada por tal individuo y no tenía nada que decir puesto que solo eran desconocidos. Pero entre ellos no se cortaron. Relataban pequeñas anécdotas para pasar el rato y reían a carcajadas mientras yo, en lo único que podía pensar, era en lo que me esperaba con este par y por si fuera poco, tenía la garganta seca.
El caballo se detuvo.
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